Marcos Witt - SHALON-Sea la paz.mp3
Siempre pensé que cuando se presenta un caso de dolor, que conmueve nuestro ser, debemos echar mano de nuestra fortaleza espiritual y corporal. Muchas veces estuve en momentos muy dolorosos para personas muy apreciadas por mí, muerte o enfermedad grave de un ser querido. Sacando fuerzas y entereza daba mi pésame o palabras de aliento para enfrentar dicha situación. Les hablaba del maravilloso Amor de Dios, y de la norma del correr de la vida. Parece increíble, pero la muerte hace parte de nuestra vida. El dolor, la frustración y el llanto son manifestaciones de que estamos vivos. Creo que todos nosotros estamos dispuestos, a asumir una postura cuerda, a contener nuestro llanto interno y externo y manifestarle al doliente que lo acompañamos en estos momentos amargos. Con un fuerte abrazo le manifestamos nuestro apoyo.
Pero, ¿Qué ocurre cuando la experiencia es propia? Es decir, cuando nosotros somos el doliente, cuando somos nosotros los que estamos experimentando el dolor. Generalmente nos derrumbamos, el dolor y la incertidumbre nos rodean. Nos hacemos preguntas que ahora sí y para nosotros no tienen respuestas, pues todo lo vemos oscuro. Y jamás echamos mano de nuestra experiencia como consejero que fuimos en ocasiones similares con nuestros amigos. Nos olvidamos del complemento de la vida, la muerte. Todos somos consientes de que tenemos que morirnos, pero cuando llega ese momento no estamos dispuestos a aceptarlo y nos rebelamos contra ello. ¿Por qué? ¿Estamos felices en el mundo que vivimos? ¿Qué crees tú? ¿Cuál es tu esperanza? ¿O crees que con la muerte todo se acabó?
Cuando visitamos un enfermo, especialmente si la enfermedad es grave, al tratar de darle ánimos a él o a su familia, decimos que sean sumisos a la voluntad de Dios. Que esa es la voluntad de Dios. Pero, ¿Realmente esto es cierto? ¡No!. Dios no nos creó para sufrir, Dios nos hizo para ser felices, nosotros por nuestra propia desobediencia escogimos sufrir y aún así Dios nos ayuda para hacernos una vida mejor. Siempre la desobediencia a los mandato de Dios no traen funestas consecuencias.
He estado en diferentes ceremonias fúnebres. Unas donde los dolientes lloran amargamente, con dolor profundo manifestando que quien se murió se fue para siempre, todo es tristeza, todo es confusión, hay preguntas, pero no respuestas. En otras en cambio, hay tristeza por la persona que se fue, también hay preguntas, pero aquí si hay respuestas; pero no hay un dolor inmenso, algunas lágrimas ruedan por las mejillas pero en vez de gritar se canta. ¡Hay esperanza! Y esa esperanza es contagiosa a todos a los presentes. Si, esa esperanza nos hace ver a la muerte no como un fin, sino como un principio del cumplimiento de una maravillosa promesa: “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”.-San Juan 11:25.
La Promesa es para todos, ¿Te gustaría vivirla?
¡Necesitas ser un miembro de Exito para añadir comentarios!
Participa en esta red social