LA SEÑORITA HARDY
En algún momento llega ese misterioso encuentro en la vida en que alguien identifica quién somos y qué podemos ser activando los circuitos de nuestro potencial máximo.
Rusty Berkus
Empecé mi vida como un niño discapacitado. Padecía una distorsión visual llamada dislexia. A menudo, los niños disléxicos aprenden palabras con rapidez, pero no saben que no las ven igual que los demás. Yo percibía mi mundo como un sitio maravilloso lleno de esas formas llamadas palabras, y desarrollé un vocabulario visual bastante extenso que hacía que mis padres se mostraran muy optimistas respecto a mi capacidad de aprendizaje. En mi primer curso descubrí, horrorizado, que las letras eran más importantes que las palabras. Los niños disléxicos las invierten y las vuelven del revés, y ni siquiera las organizan en el mismo orden que los demás. Así pues, mi maestra de primer curso me calificó de discapacitado.
Anotó sus observaciones y las pasó a mi maestra de segundo curso durante el verano, para que ésta pudiera desarrollar un prejuicio adecuado contra mí antes de empezar las clases. Accedí a segundo con la capacidad de ver las soluciones a los problemas de matemáticas, pero sin tener la menor idea del duro trabajo que costaba alcanzarlas, y descubrí que el duro trabajo era más importante que la solución. Ahora estaba intimidado del todo por el proceso de aprendizaje, y empecé a tartamudear. Siendo incapaz de hablar correctamente, incapaz de efectuar funciones matemáticas normales y de organizar las letras en su debido orden, era un completo desastre. Adopté la estrategia de sentarme al final del aula, permaneciendo fuera del campo de visión de la maestra y, cuando ella reparaba en mí y me preguntaba, me limitaba a balbucear o murmurar: "N-no s-sé". Aquello determinó mi destino.
Mi maestra de tercer curso sabía antes de verme que yo no había hablar, escribir, leer ni realizar operaciones matemáticas, de modo que no afrontó su relación académica conmigo con demasiado optimismo. Yo descubrí en la remolonería una herramienta básica para pasar el curso con relativa comodidad. El hecho de fingirme enfermo me permitía pasar más tiempo con la enfermera de la escuela que con la maestra, o encontrar vagas excu-sas para quedarme en casa o ser enviado a casa. Ésa fue mi estrategia durante el tercer y cuarto cursos.
Cuando estaba a punto de morir intelectualmente, accedí a quinto curso y Dios me puso bajo la tutela de la temible señorita Hardy, célebre en el oeste de Estados Unidos como una de las maestras de escuela primaria más extraordinarias de cuantas habían cruzado las Montañas Rocosas. Esa mujer increíble, cuyo metro ochenta de estatura se elevaba amenazadoramente sobre mí, me rodeó con sus brazos y dijo:
-Este niño no es un discapacitado, sino un excéntrico.
Bien la gente considera el potencial de un niño excéntrico con mucho mayor optimismo que el de un discapacitado. Pero la señorita Hardy no dejó la cosa ahí. Me dijo:
-He hablado con tu madre y dice que cuando te lee algo, lo recuerdas casi de forma fotográfica. Sólo tienes problemas cuando te piden que unas todas las palabras y partes. Parece que tienes dificultades para leer en voz alta, de modo que cuando te llame para que leas en clase, te lo diré con tiempo para que puedas ir a casa y memorizar el texto la noche anterior, y luego simularemos la lectura delante de los demás chicos. Tu madre dice también que cuando examinas algo, puedes hablar de ello con buenos conocimientos, pero cuando te pide que lo leas palabra por palabra y que escribas algo al respecto, pareces quedarte colgado en las letras y confundir todo el significado. Así, cuando pida a los demás chicos que lean y escriban las fichas de trabajo que les daré, tú podrás llevártelas a casa y allí, con menos presión y en el tiempo que necesites, hacerlas y traérmelas al día siguiente.
Dijo también:
-Veo que pareces vacilar y tener miedo a expresar tus pensamientos, y creo que cualquier idea que pueda tener una persona merece la pena considerarla. He dado vueltas a esto y no sé si dará resultado, pero ayudó a un hombre llamado Demóstenes... ¿Sabes decir Demóstenes?
-D-d-d-d...
-Bueno, ya aprenderás. Ese hombre tenía una lengua rebelde, y se le ocurrió meterse piedras en la boca y practicar hasta que logró dominarla. Yo tengo un par de canicas, demasiado grandes para que puedas tragártelas, que he limpiado a fondo. A partir de ahora, cuando te llame, quiero que te las pongas en la boca, te levantes y hables hasta que yo pueda oírte y entenderte.
Y, por supuesto, respaldado por su manifiesta fe en mis posibilidades, asumí el riesgo, dominé mi lengua y pude por fin hablar.
Al año siguiente pasé al sexto curso y, con gran regocijo por mi parte, también lo hizo la señorita Hardy. Así tuve la ocasión de estar dos años bajo su tutela.
Seguí el rastro de la señorita Hardy a lo largo de los años, y no hace mucho me enteré de que sufría un cáncer en fase terminal. Consciente de lo sola que debía estar, con su único alumno especial a más de 1600 kilómetros, saqué ingenuamente un pasaje de avión y recorrí toda esa distancia para ponerme en la cola (al menos figuradamente) detrás de varios cientos más de alumnos especiales..., personas que también le habían seguido la pista y habían realizado una peregrinación para renovar su relación y compartir si afecto por ella en los últimos compases de su vida. El grupo era una mezcla muy interesante: 3 senadores estadounidenses, 12 legisladores estata-les y varios jefes ejecutivos de corporaciones y empresas.
Lo más interesante, al cambiar impresiones, es que las tres cuartas partes de todos nosotros accedimos al quinto curso bastante incapaces, insignificantes, y estábamos a merced del destino o de la suerte. Salimos de nuestro contacto con la señorita Hardy convencidos de que éramos unos individuos competentes, importantes e influyentes que eran capaces de cambiar sus vidas si lo intentaban.
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