¿QUÉ LE OCURRE A LA JUVENTUD DE HOY?
Si tratas a un individuo... como si fuera lo que debe y puede ser, se convertirá en lo que debe y puede ser.
Goethe
Nuestros jóvenes crecen mucho más deprisa en la actualidad. Y necesitan nuestra ayuda.
Pero ¿qué puedo hacer yo?
Mi voz interna cuestionaba por qué yo no era un modelo para la joven generación de hoy día. No, yo no podía hacerlo. No era psicólogo, y sin duda no tenía la clase de influencia necesaria para propiciar cambios colectivos como lo haría un político.
Pero ese pensamiento no me dejaba en paz.
Así pues, finalmente decidí hacer algo. Esa mañana llamé al instituto del barrio. Hablé con el director y le manifesté mi deseo de ayudar. Él se mostró entusiasmado, y me invitó a ir a la hora del almuerzo. Acepté.
Al mediodía me dirigí al instituto. Muchos pensamientos bullían en mi cabeza: "¿Podré conectar con ellos? ¿Querrán los estudiantes hablar con un intruso?".
No había estado en un instituto en muchos años. Mientras recorría el pasillo, los estudiantes circulaban con excitación. Estaba abarrotado. Los alumnos me parecían mucho mayores de lo que esperaba. La mayoría de ellos llevaban ropa holgada.
Por fin localicé el aula 103, donde iba a compartir algunas impresiones con los estudiantes. Aspiré hondo y abrí la puerta. Allí encontré a 32 alumnos de cháchara. Cuando entré, todos se callaron. Todas las miradas se fijaron en mí.
-Hola, me llamo Marlon.
-Hola, Marlon, adelante.
¡UUUUUF! Me sentí inmediatamente aliviado. Me aceptaban.
Durante la hora que duró la sesión, nos divertimos charlando sobre la determinación de objetivos, la importancia de la escuela y la resolución de conflictos sin violencia. Cuando sonó el timbre, indicando el cambio de clase, yo no quería terminar. El tiempo pasó volando y, antes de darnos cuenta, ya había llegado la hora de regresar a mi trabajo. No podía creer cuánto me había divertido. Volví al trabajo flotando sobre una nube.
Las charlas prosiguieron durante meses. Establecí numerosos contactos en el instituto. La mayoría de estudiantes sintonizaban conmigo. Pero no todos se mostraban entusiasmados con mi presencia.
De hecho, Paul era uno de ellos.
Nunca olvidaré a Paul. Era un muchacho corpulento, de metro noventa y unos cien kilos de peso. Acababan de trasladarle a ese instituto. Circulaban rumores de que había pasado por muchos centros de arresto juvenil. De hecho, los profesores le tenían miedo. Y con razón. Dos años antes, había sido condenado por apuñalar a su profesor de inglés en el pecho en el transcurso de una discusión. Todos le dejaban hacer lo que quería. Llegaba tarde a clase. Nunca llevaba un libro bajo el brazo, porque era demasiado duro para ir a la escuela.
De vez en cuando asistía a mis sesiones de mediodía, pero nunca abría la boca. Creo que la única razón por la que venía era para "controlar a las niñas".
Cada vez que trataba de hacerle intervenir, él se limitaba a mirarme con sus ojos penetrantes. Me intimidaba. Era como una bomba a punto de estallar. Pero yo no estaba dispuesto a rendirme. Cada vez que venía, yo intentaba hacerle participar en la conversación, pero él no estaba interesado en ella.
Un día me harté, y la bomba estalló.
Durante aquella sesión, estábamos confeccionando un "collage de objetivos". Los estudiantes recortaban de revistas fotos alusivas a sus objetivos y las pegaban en un cartel. Llevábamos 20 minutos trabajando cuando Paul hizo su aparición.
Pedí un voluntario para compartir su collage de objetivos con el resto de la clase. Julie, una muchacha pequeñita, se levantó y empezó a desvelar sus sueños. Me alegró ver a Julie levantarse porque, cuando la conocí, era una chica muy tímida.
-Iré a la facultad de medicina y estudiaré para médico.
De repente, unas risotadas irrumpieron desde el fondo del aula.
-¡Vamos! ¿Tú medico? Sé realista. Tú no vas a ser nadie.
Todas las cabezas se volvieron hacia el fondo del aula. Paul se reía de su afirmación.
Me quedé de una pieza. No podía creer lo que acababa de ocurrir. Se hizo un silencio absoluto. ¿Qué debía hacer? Sentí el flujo de adrenalina recorriendo todo mi cuerpo.
-Paul, eso no es justo. ¿Quién eres tú para censurar a nadie?
-¿Qué pasa, profe? ¿No estás de acuerdo conmigo? ¿Quieres faltarme? ¿Sabes quién soy yo? Te lo diré: soy un G.O., un gangster original. No te metas conmigo o tendrás problemas.
Se encaminó hacia la puerta.
-No, Paul, no sirve de nada huir. No tienes derecho a censurar a nadie. Ya basta. No tienes por qué estar aquí. O formas parte del grupo o no. Aquí tenemos un equipo en el que todos se apoyan unos a otros. Y, Paul, tú tienes mucho potencial. Queremos que participes. Tienes mucho que ofrecer al grupo. Me interesáis tú y todo este grupo. Por eso estoy aquí. ¿Quieres ser un miembro del equipo?
Paul miró por encima del hombro y me dirigió una mirada aterradora. Abrió la puerta y salió dando un portazo.
Los alumnos quedaron impresionados por la escena, y yo también.
Después de clase, recogí mis cosas y me encaminé hacia el aparcamiento. Cuando me acercaba a mi coche, alguien me llamó.
Me volví y, ante mi sorpresa, era Paul. Caminaba deprisa hacia donde yo estaba. Sentí una oleada de miedo. Una parte de mí quería pedir ayuda, pero ocurrió tan rápido que no pude moverme.
-Señor Smith ¿recuerda lo que me ha dicho?
-Sí, Paul.
-¿De veras ha querido decir que yo le interesaba y quería que formara parte del equipo?
-Claro que sí, Paul.
-Bueno, en toda mi vida nadie me ha dicho que se interesara por mí. Usted es la primera persona que me dice algo así. Quiero formar parte del equipo. Gracias por interesarse lo bastante como para dar la cara por mí. Mañana pediré disculpas a Julie delante de toda la clase.
Yo no daba crédito a mis oídos. Estaba atónito. Apenas si podía hablar.
Cuando me alejaba, noté unas lágrimas de alegría aflorando en mis ojos y vertiéndose por mis mejillas. Estaba conmovido de verdad. Ese día decidí consagrar mi vida a capacitar a nuestros jóvenes para aprovechar su verdadero potencial
Marlon Smith
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