UN CERO EN LA NIEVE
Todo empezó en tragedia una gélida mañana de febrero. Yo seguía en mi coche al autobús de Milford Cornesr, como hacía la mayoría de mañanas que nevaba de camino a la escuela. El autobús giró y se detuvo bruscamente junto al hotel. Yo me enojé, por cuanto tuve que frenar en seco. Un chico se apeó del autobús, se tambaleó, tropezó y se derrumbó sobre el montón de nieve acumulado en la acera. El conductor del autobús y yo llegamos junto a él al mismo tiempo. Su cara delgada y macilenta estaba pálida incluso en contraste con la nieve.
-Está muerto -susurró el conductor.
Yo me resistí a creerlo. Eché un rápido vistazo a las caritas asustadas que nos contemplaban desde las ventanillas de autobús escolar.
-¡Un médico! ¡Pronto! Llamaré desde el hotel.
-No se moleste. Le digo que está muerto. -El conductor bajó la vista hacia el cuerpo rígido del muchacho-. Ni siquiera me ha dicho que se encontraba mal -murmuró-, sólo me ha dado unos golpecitos en el hombro y me ha dicho, muy serio: "Lo siento. Tengo que bajarme en el hotel". Nada más. Con educación y disculpándose.
En la escuela, las risas y el ajetreo de cada mañana enmudecieron a medida que la noticia iba difundiéndose por los pasillos. Pasé junto a un corro de chicas.
-¿Quién era? ¿Quién ha muerto de camino a la escuela? -oí susurrar a una de ellas.
-No sé cómo se llama; un chico de Milford Corners -respondió otra.
En la sala de profesores y el despacho del director se respiraba un ambiente parecido.
-Le agradecería que fuera a dar la noticia a los padres -me dijo el director-. No tienen teléfono y, de todos modos, alguien de la escuela debería decírselo personalmente. Ya le sustituiré en sus clases.
-¿Por qué yo? -pregunté-. ¿No sería mejor que fuera usted?
-Yo no conocía al chico -admitió el director tranquilamente-. Y en la columna de alusiones personales del año pasado vi que usted figura como su profesor favorito.
Conduje a través de la nieve y el frío por la sinuosa carretera que llevaba al domicilio de los Evans y pensé en el muchacho, Cliff Evans. ¡Su profesor favorito! ¡Si ni siquiera me había dirigido dos palabras en esos dos años! Le recordaba perfectamente, sentado en la última fila en mi clase vespertina de literatura. Entraba en el aula solo y se marchaba solo.
-Cliff Evans -murmuré-, un chico que nunca sonreía. No le vi sonreír ni una sola vez.
La amplia cocina del rancho era limpia y cálida. No sé cómo, me las compuse para dar la noticia bruscamente. La señora Evans buscó una silla a tientas.
-Nunca nos dijo que estuviera enfermo.
El padrastro del chico soltó un bufido.
-No ha dicho nada de nada desde el día que yo entré en esta casa.
La señora Evans se levantó, retiró un cazo del fuego y empezó a desatarse el delantal.
-No te vayas ahora -le espetó su marido-. Tengo que desayunar antes de ir a la ciudad. Además, ya no podemos hacer nada. Si Cliff no hubiera sido tan estúpido, nos habría dicho que no estaba bien.
Después de la escuela, me quedé en el despacho mirando triste ente los documentos extendidos sobre la mesa. Tenía que cerrar el archivo del muchacho y escribir su nota necrológica para el periódico de la escuela. Las hojas casi vacías frustraban el esfuerzo. "Cliff Evans, blanco, no adoptado legalmente por su padrastro, cinco hermanastros y hermanastras". Estas escuetas líneas informativas y la lista de suficientes constituían la única aportación de los expedientes académicos.
Cliff Evans entraba silenciosamente por la puerta de la escuela por la mañana y salía silenciosamente por la tarde, y eso era todo. Nunca había pertenecido a un club. Nunca había jugado en un equipo. Nunca había tenido un cargo. Que yo supiera, nunca había hecho travesura alguna. Nunca había sido nadie.
¿Cómo se puede convertir a un niño en un cero? Los expedientes de la escuela primaria me proporcionaron la mayor parte de la respuesta. Las anotaciones de los maestros de primero y segundo curso rezaban "un niño sensible y tímido; asustadizo pero apasionado". La nota del tercer curso había roto el fuego. Un maestro había escrito con letra firme y clara: "Cliff no habla. No participa. Aprende con lentitud". El siguiente informe académico agregaba calificaciones como "triste", "lento", "C.I. bajo". Era verdad. El cociente de inteligencia del chico en noveno curso se cifraba en 83. Pero su cociente en tercer curso había sido de 106. La cifra no había bajado de 100 hasta séptimo curso. Hasta los niños sensibles y tímidos tienen fuerza moral. Se requiere tiempo para aniquilarles.
Aporreé la máquina de escribir y redacté un furioso informe denunciando la educación que Cliff Evans había recibido. Dejé una copia sobre la mesa del director y deslicé otra en el triste y manoseado archivo, lo cerré y abandoné el despacho dando un portazo. Pero no me sentía mucho mejor. Un niño andaba detrás de mí, un niño con la cara pecosa, un cuerpo flaco enfundado en unos tejanos descoloridos, y unos grandes ojos que habían escrutado durante mucho tiempo y luego se había velado.
Podía imaginar cuántas veces le habían elegido el último a la hora de formar un equipo, cuántas conversaciones infantiles le habían excluido. Podía ver las caras y oír las voces que decían una y otra vez: "Eres un estúpido. Eres un estúpido. No eres nadie, Cliff Evans".
Un niño es una criatura crédula. Sin duda, Cliff les creyó. De repente, todo me pareció claro: cuando por fin ya no quedaba nada para Cliff Evans, se derrumbó sobre un montón de nieve y se fue. El forense podía atribuir la causa de su muerte a un "fallo cardíaco", pero eso no me haría cambiar de opinión.
Autor desconocido
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