UNA BONITA HISTORIA
Hace algunos años, mientras paseaba por una de las playas de ensueño de las islas Baleares, me detuve a charlar con un viejo pescador que estiraba sus redes a lo largo de la costa. Fue él quien me contó esta historia, diciendo que había sucedido allí mismo en una de las islas.
Hubo un tiempo en que los barcos que recorrían el Mediterráneo, ida y vuelta desde Cádiz hasta Estambul, se detenían en los puertos de las islas. Allí, mientras los cargueros descargaban sus mercaderías y se reaprovisionaban de todo lo necesario para seguir su viaje, los marineros repetían el mismo ritual.
Recibían su paga y corrían a la taberna para gastarse hasta el último centavo en vino y mujeres. Y cuando el dinero se acababa, dos o tres días después, los marineros volvían al barco, saturados de alcohol y borrachos de sexo, o al revés, para dormir hasta que el carguero volviera a hacerse a la mar.
El pescador me contó que un día dos marineros cruzaban el viejo puente de madera construido sobre el río, camino a la taberna. Su barco había entrado en el puerto muy temprano esa mañana y la mayoría de sus compañeros se habían adelantado, colgándose, literalmente, de los camiones de transporte para ser llevados al pueblo.
De pronto, el más joven de los dos amigos se quedó mirando por encima de la barandilla, hacia la costa del río.
-¿Qué haces? Vamos...
-Ven aquí -dijo el otro-. Mira... ¿No es hermosa?
El otro miró hacia abajo y vio a una campesina que lavaba la ropa a orillas del río. Pensó que no se refería a ella, jamás usaría la palabra hermosa para describirla, sobre todo porque, dada su edad, su costumbre y su intención, cualquier mujer que aparentase tener más de veinticinco años era una vieja.
-¿De quién hablas?
-De esa mujer... La que lava la ropa. ¿No la ves?
-Sí la veo. Pero no entiendo qué le ves de hermosa. Mira, en la taberna nos esperan decenas de mujeres mucho más jóvenes, mucho más guapas y, con toda seguridad, con mucho más deseo de complacernos que ella. Vamos, date prisa...
-No -dijo el más joven-, tengo que hablar con ella... Sigue tú, te veré en la taberna...
Dicho eso, empezó a caminar hacia abajo, por el sendero que llevaba al río.
-No tardes demasiado... -le gritó el otro saludándolo desde lejos, y siguió su camino hacia el pueblo, sonriendo, mientras movía su cabeza de un lado a otro negando con el gesto lo que había pasado.
El marinero se acercó hasta la orilla y, en silencio, se sentó en el césped, unos pocos metros por detrás de la joven, sin atreverse a hablarle.
La muchacha siguió durante más de media hora con su trabajo y luego se puso de pie, seguramente para volver a su casa cargando la cesta de la ropa ya limpia.
-¿Me permites que te ayude? -dijo el joven, insinuando el gesto de llevarle la cesta.
-¿Por qué? -dijo ella.
-Porque quiero -respondió él.
-¿Por qué? -repitió ella.
-Porque quiero caminar un rato a tu lado -dijo él con sinceridad.
-Tú no eres de aquí. Vivimos en un pueblo muy pequeño y aquí no se supone que una mujer soltera pueda ca-minar acompañada por un extraño.
-Entonces... déjame llevar la cesta para conocerte y que me conozcas.
Por toda respuesta, la muchacha sonrió y empezó a caminar hacia el pueblo.
-¿Cómo te llamas? -se atrevió a preguntar él, después de diez minutos de marcha.
-Nácar -dijo ella, sin pensar si debía contestar.
-Nácar... -repitió él, y luego agregó-: Eres tan hermosa como tu nombre.
Tres horas después, el muchacho entraba en la taberna y buscaba a su amigo entre el mar de gente y la nube de humo espeso que llenaba el tugurio.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio que su amigo gesticulaba ampulosamente desde un rincón pidiéndole que se acercara. Dos hermosas mujeres casi colgaban de su cuello, riendo con él un poco como consecuencia de sus exagerados y torpes movimientos y otro poco como consecuencia del alcohol que a esas alturas debía estar alcanzando ya elevadas concentraciones en la sangre de los tres.
-Si tardabas un poco más, te quedabas sin probar el vino -le dijo cuando lo tuvo cerca. Y luego, mirando a una de las mujeres que lo acompañaban, agregó-: Sírvele un poco de vino a mi amigo, por favor...
-Escúchame... -dijo el joven, necesito tu ayuda.
-Claro, hombre. Yo pago.
-No me entiendes. Me quiero casar.
-Ah. Yo también. ¿Tú prefieres a la morena o a la pelirroja?
El más joven sacudió a su amigo suavemente para llamar su atención y conseguir que su mente venciera al vino y pudiera prestarle atención.
-Pretendo casarme con Nácar, la muchacha que vimos hoy desde el puente. Y necesito tu ayuda.
-Estuviste demasiado tiempo navegando -dijo su amigo entendiendo que el jovencito hablaba en serio-. Es muy común entre los novatos como tú. Después de pasar más de tres semanas a bordo, pisan tierra y se enamoran de la primera mujer que ven. Yo lo entiendo y lo he vivido, pero decidir casarse por eso es una locura...
-Puede ser, pero la vida es, en sí, una locura. El amor es una locura y la felicidad también lo es. Yo no quiero que me juzgues, amigo mío, quiero que me ayudes...
La tarde caía cuando los dos marineros, con su uniforme de ceremonias, llamaban a la puerta de la casa donde vivía Nácar.
El ritual de la isla decía que el pretendiente debía concurrir a casa de la novia con su padrino de bodas para pedirle al padre la mono de su hija. Éste pediría una dote, como era la costumbre, y si había acuerdo, se establecería en ese momento la fecha de la boda.
-¿Estás seguro de lo que haces? -preguntó el improvisado padrino.
-Más que ninguna otra cosa -dijo el pretendiente.
Finalmente el dueño de la casa apareció.
El que apadrinaba se adelantó y le dijo, parsimonioso:
-Mi amigo me ha encomendado que le acompañe para pedirle a su hija en matrimonio.
-Ah... Su amigo es muy afortunado de pretender casarse con una de mis hijas. Supongo que venís a por Anna. Ella es realmente una joya única.
-Nosotros...
-A pesar de que apenas tiene 18 años es ya toda una mujer -siguió el hombre sin escuchar a su interlocutor-. Siempre supimos que sería la primera en dejarnos. No sólo es bellísima, sino también hacendosa, sensual y muy saludable. Nunca estuvo enferma... Como comprenderás, nos costará mucho dejarla ir con su amigo, pero veo que sois gente buena... Te la daré por el valor de veinte vacas.
-Es que...
-No, no. Ni una menos. Ella lo vale.
-Yo lo entiendo -dijo el amigo del novio-, pero no es Anna la novia pretendida.
-Oh... Qué agradable sorpresa -dijo el hombre-. Yo creía que ya no quedaban jóvenes que valoraran la inteli-gencia. Rubí es la más inteligente de las tres. Si bien se puede decir que no tiene el cuerpo perfecto de su her-mana menor, lo compensa con una mente brillante. Una sagaz compañera y una amiga fiel. No dudo que será una excelente madre. Por ser vosotros, os la puedo dar por trece vacas. Y no lo dudéis, es muy buen precio.
-Se lo agradezco mucho, señor, pero mi amigo pretende pedir en matrimonio a su hija Nácar.
Aunque trató de disimularlo, un rictus de sorpresa y de incredulidad pasó por el rostro del jefe de familia.
-Nácar... -balbuceó-. Claro... Nácar.
-Sí. Nácar.
-Me parece... me parece... -el hombre trataba de encontrar una palabra que no conseguía hallar-. ¡Maravilloso! -dijo al fin-. Sólo un hombre inteligente y bondadoso puede ver la belleza oculta en una mujer. Ciertamente tiene mucho que aprender, pero también tiene una gran disposición a aprenderlo. Es una buena oportunidad para con-seguir una buena esposa a buen precio. Considerando que es la mayor te la daré por el valor de siete vacas... Bueno, quizá por seis... pero nada menos.
-Señor -dijo en ese momento el pretendiente-, permítame que le confirme en persona mi decisión de casarme con su hija Nácar. Sólo quiero poner una condición con respecto al precio.
-No abuses de tu futuro suegro, querido joven. El pequeño tema de su cojera es un asunto sin importancia... No se puede conseguir nada por ese precio en esta isla.
-Justamente por eso -dijo el joven- quisiera tomarla como esposa; pero quiero pagar por ella el equivalente a veinte vacas, como pides por la mejor de tus hijas, y no sólo seis.
-¿Qué dices? ¿Estás loco? -dijo su amigo tratando de frenar su estupidez-. Dijo que te la daría por seis. Además cojea. ¿Por qué quieres pagar por ella más de lo que vale?
-Porque no creo que ella valga menos que su bella y joven hermana.
-Trato hecho. Veinte vacas -se apresuró a decir el padre. Y añadió, quizá temiendo un arrepentimiento-: ¡Pero que la boda sea lo antes posible!
Así, los amigos se separaron. Uno de ellos volvió al barco y el otro se quedó en la isla.
Pasaron cinco años antes de que el destino volviera a traer al marinero al mismo puerto, pero apenas llegó él no pudo pensar en otra cosa que en su joven amigo. ¿Qué habría sido de él? ¿Se habría casado? ¿Cuánto habría durado su matrimonio? ¿Estaría en la isla?
Preguntando por aquí y por allá, por aquel joven marinero que alguna vez se había casado con la hija del isleño, le dijeron que ahora vivía en una casa muy humilde que se había construido con sus propias manos, muy cerca de la cima de la montaña. Subiendo por el camino del oeste llegaría, después de media hora de marcha, a casa de su amigo.
Su estado físico le habría permitido llegar antes, pero lo detuvo una extraña procesión con la que se cruzó al empezar a subir la cuesta. Decenas de hombres y mujeres bajaban al pueblo. Llevaban en hombros a una bellísima mujer a la que permanentemente le tiraban pétalos de flores, le cantaban y adulaban. Ella mientras tanto parecía irradiar luz; de hecho, sólo pasar a su lado lo hizo sentir mejor. Sonriendo a todos, la hermosa mujer saludaba alargando la mano una y otra vez a los que se acercaban a tocarla.
Tuvo que resistir la tentación de ir tras ellos y sumarse al extraño ritual; pero finalmente llegó a la casa que le habían indicado. Todo parecía tan cuidado y ordenado, que el marinero pensó por primera vez que quizá debiera empezar a pensar en sentar cabeza.
Golpeó la puerta y su viejo camarada abrió enseguida.
-Querido amigo... -le dijo al verlo-. ¡Qué sorpresa verte por aquí! ¿Cuándo echaron el ancla?
-Esta mañana... He venido apenas he desembarcado para saber de ti. ¿Cómo estás?
-Ya me ves... Estoy muy bien, muy feliz.
-Cuánto me alegra... ¿Y tu... esposa? -Casi tenía miedo de preguntar.
-Ah, qué pena me da que no esté aquí. Hoy es su cumpleaños y la gente del pueblo la vino a buscar para agasajarla; la quieren tanto... La tratan como si fuera una santa. Debes haberte cruzado con ellos al subir...
-Ah... sí, claro. ¿Cómo iba a saber que era ella? Ni siquiera sabía que te volviste a casar.
-¿Yo, volverme a casar? ¿Qué dices? Sigo casado con Nácar, la joven cuya mano pediste para mí.
-Pero ¿no dices que es la que llevaban en andas hacia el pueblo? Ésa no podía ser ella...
-¿Cómo que no podía?
-Perdona, amigo mío, yo la conocí. Nácar era una mujer que aparentaba hace cinco años mucha más edad que la joven de la procesión. Además, ésta era bellísima y tu esposa... Perdona que te lo diga, pero no era...
-No, no era... como es. Pero se ha vuelto así como la viste.
-Pero... ¿cómo puede ser?
-Pues no lo sé... Quizá se deba a la dote...
-¿Cómo dices?... No te entiendo.
-Yo pagué por ella una dote de veinte vacas, el precio que se pagaba por las más hermosas, tiernas y maravillosas mujeres, la traté siempre como a una mujer de veinte vacas y la ayudé a que supiera que eso era. Tal vez eso la empujó a convertirse en la fantástica y bella mujer que hoy es...
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